Orgía

 

Se dejaba hacer de vez en cuando y sólo daba su cuerpo a medias a mujeres y su sexo.

Citas pactadas entre él y otras desconocidas donde se curaba momentáneamente la lujuria, el deseo, la fantasía, donde se creaba para ambas partes un mundo paralelo al real que calmaba las ansias de pasión descontrolada, desmedida.

Todo valía salvo verlas. Las esperaba con velas y los ojos vendados en la cama, sin más. La puerta la dejaba abierta y ellas entraban sin aviso, tropezando siempre con una botella de vino que dejaba como timbre por si se dormía. Las recibía bien entrada la noche.

Las bonitas vibraciones de una casa limpia y blanca comenzaban a desvanecerse a medida que, desnudándose, se acercaban a su habitación siguiendo la senda de pétalos de girasol que él ponía en el suelo.

Esa noche aderezaba Patrice mezclándose en el aire con lavanda y jazmín. La Luna afilada como las uñas de un gato, que se veía traslúcida a través de la cortina, alentaba aún más al pecado.

besos-y-bacterias

Le gustaba jugar a las adivinanzas a través de las manos que le tocaban. Sentía sus cuerpos rozándolo e intuía así su estatura y su color de piel. Sus desmedidos jalones de pelo o las caricias de sus dedos sobre su espalda, la fuerza de su boca al morder o el paseo de su lengua por su cuello, lo soez de su verborrea o el susurro de cosas bonitas le ponía a ella color y brillo en los ojos.

Pero esa noche tras ir dibujándola poco a poco sin lápiz, sin ver, le temblaron las piernas al reconocer una sonrisa inolvidable tras escuchar sus risas pícaras de soslayo. Creía conocerla. Quería saber quién era y por primera vez en sus citas quiso quitarse la venda. Pero ella lo impidió apartando sus manos de ella.

Y lo besó y ratificó sus sospechas.

Sus besos descubrían el quinto sabor, los movimientos de su lengua fueron inspiración de tangos y lo sensual de sus picos y las comidas apasionadas invento del yin y el yang, de la cal y de la arena.

La figura de ella en su imaginación se completó real porque no habían unos labios tan perfectos para la armonía de una boca, porque sus besos la describían singular, única y sin igual.

Y lo besó ganando tiempo.

No cabía duda. Sus besos le ponían gustillo al salitre, al helado de vainilla con canela y al sabor del melón fresquito. La saliva, sudor de sirenas, refrescaba de menta helada bocas ajenas. Y así hubiera querido él que fuera pero partió, llenando su mundo de otras bocas féminas tras ella.

Pero alguien le dijo una vez que si conoces a la persona correcta en el momento equivocado, la vida los volverá a juntar.

Y así fue y  lo besó y la besó y así siguieron juntos y así siguen a día de hoy con sus particulares orgías.

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