Carnaval

Un Martes…cedió su cuerpo previo al Miércoles de ceniza.

De noche secreta…le habló de ese sentido te quiero.

Deidad femenina,

firme como el acero.

 

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Un vino…de marmajuelo y malvasía en la copa color pajiza.

De disfraz vestía…sus ojos llenos de deseo como luceros.

El pecado pedía,

que ardieras en el fuego.

Pero…

…bien merece la pena aguantar el dolor de cabeza tras los saturnales,

gozoso, lujurioso, jocoso, gracioso tras sentirla por última vez cerca,

cabrona que me llena de sombras de palmeras

y su ausencia ahora con su cuaresma tras los carnavales.

 

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Música siempre.

Música para calmar las fieras o sacar la tuya
Música con lágrimas o risas, música y que fluya
Música siempre, banda sonora de día
Música siempre, ante las almas rendida.

Los dedos los colocó en Do mayor, apoyándolos en tres trastes redondeados de alpaca diferentes. La guitarra de ciprés como la del señor Lucía comenzó a sonar vergonzosa. A su dueño, apasionado aprendiz, pureta, brillante, rebelde y de buen ver le costó coger ritmo. Balbuceó sonriente entrecortado diciendo que acababa de aprenderse aquella pieza pero al conseguir ponerla a camino, la guitarra le dio claridad al hablar.

música siempre

Y la llamó.

El reclamo no fue el oír su nombre sino el escuchar la canción. Ella se abrió paso entre las tiras de colores de la cortina que separaba la cocina del patio andaluz, y con su cigarro, su diadema y su piel morena, su camisa suelta, su falda corta y sus piernas de pecado, descalza se sentó a la izquierda de la guitarra, en un cojín moruno.

Y comenzó a cantar.

Fue un unplugged improvisado del Lobo amigo del Club del río. Y si me dijeran que Ede era, lo hubiera creído. La miré con los ojos cerrados durante toda mi vida en aquellos tres minutos y medio de la canción. Se me erizó el alma y la piel se elevó por encima de los geraveles, se me olvidó respirar al escuchar ese equilibrio, esa voz de aguacate, de chocolate y menta, y aluciné con esos silencios, esos agudos, con ese canto de sirena.
Movía los brazos despacio, se arqueaba y regañaba su cara con su sonrisa y entonces cambiaba de color y de timbre de voz con esos falsetes en el estribillo. El sonido de la guitarra y su voz daban sentido a su ser.

Jamás la había escuchado cantar, jamás la había visto tan vigorosa y jamás mis sentidos nunca la sintieron tan libre y entendí entonces, que ese era su mayor secreto.

La guitarra paró y con ella mi latir. Supe desde ese momento que ella era música, y la música camina libre en el viento, por la vida, tras los años, firme y esplendorosa, y por eso jamás tras aquel concierto para tres, entre su padre y ella, nos volvimos a ver.

Música siempre y con ella, también.

 

Club del río & Ede – Lobo amigo

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Dos

Ya dos años y ojalá siguiera escribiendo tu número al revés.

Recuerdo que estuve más de una semana para sacar el rabito del dos, a los cinco, a imagen y semejanza del tuyo, de tu dos.

Recuerdo que estuve un fin de semana sin acampada para hacer un castillo con rotring  con doce,  todo un verano para aprobar estadística en la facultad y toda una eternidad esperando el cobijo de las palmeras y hoy cuando puedo con todo para presumir de mi para ti, bajo la sombra de las támaras y sin manchones, sólo puedo escribir bien…ese dos.

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Un dos bien hecho no es más que eso, un dos, pero cuando de ti se habla ese número convertido en años se hace más pesado acercándose a indeterminado. Ojalá ese dos de tu aniversario se detuviera y yo siguiera viviendo, infinito, acercándonos a cero, y poder entonces crear con ese número tu presencia y poder de nuevo tenerte, otra vez de niño, con el dos del revés.

 

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A la altura

No sé si estar a la altura merece con tu ausencia

y si crecer aunque no sea de alto valga la pena.

Sigo pecando de bueno cuando creo que me ves por ese agujero que creaste en las noches de patio en el cielo y cuando no, me parto la realidad aun con el diablo en celo.

No sé cómo esperarte si se tan lejos se fue tu esencia

y ver estos dos años como unas mil decenas.

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Éramos tres hermanos y según las pintadas en la pared cerca del bastidor del salón, incluso el Sr Holmes, hubiera deducido que nos llevábamos poco entre ambos.

Las marcas de lápiz, bolígrafo o rotulador de color aún se veían tras el paso de tantos años en aquella casa vieja que nos vio nacer, crecer y nos enseñó a ser. Una marca seguida de un nombre, una fecha y de unos centímetros daba credibilidad al paso del tiempo. Eso sí eran arrugas contrastadas tras el paso de los años y no las actuales patas de gallo, estrías o canas, signos inequívocos del deseo de ser mayor y de alguna manera estar a la altura para ellos.

La pequeña vivió con los dientes picados y fue la más pequeñita de estatura siempre. Un chico de pelo negro y nariz afilada era nuestro hermano. En el año noventa incluso siendo el mayor midió diez centímetros menos que yo. Mis burlas llegaron al infinito y con el paso de los años he visto que me equivoqué al reírme.

Verme castigado al irte sin que supieras que, incluso siendo chiquito y ser complicado a la vista, tortura del que se mofa con antelación absurda, hoy me siento grande a sabiendas que dejaste de medirme a los ciento cincuenta centímetros y que te fuiste sin permiso hace mil años luz.

Aunque no te perdone tu huida apresurada, que sepas que estamos empatados porque tampoco yo estuve atento a mostrarte lo grande que soy gracias a tus bases a lo alto que soy con mi mierda de estatura y a que fuiste tú quién me enseñó a que amar sin nubes no sirve si sólo de aquellos cielos limpios te enamoras.

La grandeza de lo sencillo, de lo fisquito. Lo más alto y los más profundo siempre, siempre contigo.

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Febrero

Tu presencia me convertía en lo que era y sumando ahora tu ausencia me convierte en lo que soy.

Más daría este día o cualquiera por el de ayer para que aparecieras.

Más daría por tus besos, por tu agua brava, tus gestos, porque te rieras.

Aun creyéndome mejor volvería a ser gordito, a enrojecerme al hablar, al tropezarme al cruzar, a no saber nadar, ni haber sabido de palmeras, ni de lunares, ni de chocolate y menta…mierda…volvería a peinarme con la raya a un lado, a tener la piel limpia y el alma sana por aquellas noches, volvería a no saber de nada porque estuvieras y no te fueras.

Contigo fui y ojalá por la gloria del puto dios pudiera seguir siendo contigo aunque sea hoy, un poquito más yo.

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Los nuevos 27

Al final lo consiguió a los cuarenta y no a los veintisiete.

Nació con la música a sus pies. Padre trompetista, rendido bohemio a su madre voz. Nanas de cuna con sabor a rock y blues, a Jimi Hendrix y Janis Joplin. Ese Talbot Horizon con pintadas floreadas y la revolución de unas manos tatuadas con tres puntos agarrando el volante. Él vivió su infancia en el edén de aquellos que enseñan magia sin darse cuenta.

Me volvió loco con Blew, con Smells like teen spirit. No paraba de idolatrar a Nirvana. Con sólo quince, mis padres ávidos y hartos de dinero intentaban, una vez más, comprar cariño, y  nos ponían en el “Unplugged in New York”. Kurt Cobain, estaba al lado de los dioses, cercano al infierno del grunge, envolviéndonos. Y…unos meses después…se iba sin pedir permiso. Cabrón.

Así, mi amigo, se dedicó a querer seguir los pasos de aquellas leyendas de la música que a sus veintisiete jugaron tan alto que allá abajo están. No hubiese entrado en ese selecto grupo por su sentido musical ya que tenía el ritmo guardado en el bolsillo de su vaquero roto pero aunque me jodiera reconocerlo, porque pudiera perderlo, era mago con el juntar de sus letras, creaba bailes, y por ello sí hubiera podido estar.

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Esperó a la edad de los veintisiete…y no murió… y gritó por saber que Diego Caler no lo incluía en su Club cuando hubiera preferido leerlo al lado del el puto diablo, así hablaba, con el culo en llamas.

Pero… sí murió…y fue a los cuarenta.

Los nuevos veintisiete como me prometió que los definiera, fuera el año que fuera. Fue inverosímil porque sólo hizo falta una mujer para que conociera el desencanto, la angustia y la rabia para descuidarse y aventurarse en caminos de rayas blancas, de negrinis y de noches que empataban con otras noches frías.

Aquí estoy, a su lado de nuevo, en su despedida, con mucha gente que llora su pérdida y yo con una sonrisa ya que pude conocer a mi alma gemela, a él sabiéndome yo, y ambos uno, porque después de todo era lo que yo y él queríamos, la mala vida y que esos cuarenta fueran los nuevos veintisiete.

 

 

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Geravel

Semana sí y la otra tampoco, físicamente juntos y sin estarlo, respectivamente así vivíamos y es que es una suerte encontrarte con alguien que riegue también…tan bien… los geraveles.

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La excusa perfecta era cualquiera, el momento idóneo siempre era el que fuera.

Llamadas, mensajes de humo, aullidos en silencio o gritos de risas. Tabaco y café en sus labios, su aroma, sus miradas, sus caricias.

Comprarla con belleza, dinero, con magia o con inteligencia, con los Beatles aprendidos de memoria para ella o con rayas finas… eso era imposible… aquellos que lo intentaron y aún insisten nunca sabrán, que aun obteniendo algo, que no más, sería su cuerpo, jamás podrán pagar el tiempo y es que ella…ella era un reloj de arena.

La semana que no, al abrir la puerta de casa me la encontré con la regadera amarilla cuidando de los geraveles. Aprovechando que Bon Iver cantaba alto y no escuchó mi entrar, fui a buscar su cintura, su espalda, sus curvas…y la pellizqué y se sobresaltó, y la asusté y la regadera amarilla llena de agua calló al suelo y nos resbalamos y nos caímos…y tras el éxtasis de las risas y de las miradas de gilipollas enamorados, nos follamos.

– ¡Sorpresa!- me dijo

– Pero pizco,¿ ¡no es la semana que sí!?, ¿ por qué estás aquí?- imagina hablar siempre con los ojos vidriosos y la baba en la boca, así, una vez más le contesté.

– Sólo quería regar nuestros geraveles bobo, que sé que eres un desastrito- me tiró de las orejas.

Regalaba tiempo, porque lo era. Para mí no había mejor envoltorio que ella, que sus susurros, que su perfume, que su pícara sonrisa de soslayo con su mordida de labios…su presencia. Un orgullo poder contar mi suerte.

Un día construyendo un futuro juntos a base de paranoias, vinos, divagando con lo mundano y ordenando la locura le conté una de mis tantas tonterías con la esperanza que nuestro jardín vertical floreciera.

– Geranios y claveles amor, ¡¡geraveles!!- dije.

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Te juro que lo dije en serio……y sus carcajadas… …su cuerpo doblado de las risas……sus lágrimas de alegría……mi injerto……los geranios y los claveles……nuestros jeraveles…desde entonces comenzaron a crecer imponentes con el sol y la brisa de la tarde al caer.

Porque no hay mejor cosa que cuando consigues que el tiempo pase feliz, el tiempo, ella, con ella o incluso sin ella, que el tiempo pase feliz.

Yo tengo geraveles plantados y espero que me pidas si quieres sentir lo que yo y que ella vuelva a regarlos en casa y que yo te lo cuente…una vez más…geraveles.

 

 

 

 

 

 

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