Barro

Se estaba arrastrando por el barro, la gente la miraba y pasaba de largo.

El chipichipi de tres dias creo charcos de barro en las calles del Temple bar y ella nadaba a contracorriente.

Estaba empapada, con la cara a proa y frío. Dejaba a los lados a los personajes llenos de falsa pena y limosna.

Yo los compadecía porque su cara no pintaba penurias, ella chapoteaba como una niña.

Fruncía el ceño por no decir qué asco me daban aquellos que cambiaban el paso al acercarse a ella…y los compadecía…porque por mucho barro que de desgraciada la vistiera…su Dupont y sobre todo su sonrisa, su mágica sonrisa, la hacían la mujer más rica del mundo.

Se estaba arrastrando por el barro, lo decidió ella y…y qué feliz era.

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Bingo

¡Hablar de muertos vivientes era su juego de apuestas!
– Max morirá. Es un cachorro y Toby lo matará– decía uno.
Pues yo apuesto por Laika. No durará nada en ese chenil– decía el gordo.

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Una semana era el plazo que nos daban a algunos, menos valientes y agresivos, más introvertidos…para morir entre las paredes de la perrera.
Toby y yo nos convertimos en amigos inmediatamente y tras una semana vi brindar con cerveza barata al gordo.
Qué satisfacción sería ser el juez con Toby del futuro campeón… ¡bingo!…en mi casa, en la prisión de los perros abandonados.

 

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Prefiero las ratas.

Un instante de instinto perruno bastaba para hacerlas muñecos inertes.

Tres ratas muertas aparecían en los cheniles cada día. Pero en la jaula de ella no había cadáveres.

Había nidos y falta de comida. Compartía con las ratas alimento y cobijo alejándose de las noches en soledad entre los barrotes de la jaula de la protectora.

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Quizás aprendió que no merecen su lacra y que si bien hay alguien que se la merezca son las ratas de dos patas, las ratas que la dejaron abandonada en la basura cuando aún era cachorra.

Ratas.

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Mi planta Aloe Vera

Puntual en mi cita con ellos, siempre por alguna causa u otra, de blanco se teñían mis mejillas al mezclarse mis lágrimas con la pintura arcoíris del azul, magenta y amarillo.

Eran los martes, pero bien parecidos eran a los viernes de jolgorio o a los domingos de repecho semanal con manta y peli. Un martes con tanto sentido como el lunes tras un concierto de Pedro Guerra de fin de semana o semejante las tertulias de guachinche de los miércoles y los jueves.

Eran los martes y los disfraces de superhéroes eran mi especialidad. Esta vez tocó ir de Wonder Woman. Los peques de la planta de oncología del Hospital Materno infantil se desternillaban al verme enfundado en un corsé lleno de estrellas, la cara pintada y unos brazaletes plateados muy brillantes.

Ellos eran pretensiosos del buen humor, maleducados de lo agrio, chulescos en carcajadas, presentes, jocosos, inocentes, grandes liliputienses de corazones enormes y de almas perennes….así eran los niños de la planta de aloe vera, como a mí me gustaba llamarlos.
Y allí, en la la tercera planta de oncología, los había colocado la vida caprichosa, puta vida, y a mí, afortunado, por mi trabajo, también.

– ¡A mí el poder de la juventud eterna para estos niños grandes y que así vuelvan a ser bebés! – gritaba yo con los brazos en alto y gestos de magnificencia invocando mi superpoder, el poder de la juventud eterna. Y sin mediar medio segundo sonaban todos ellos entrando en el juego e imitando a un bebé.

– ¡Waa, waa! – exclamaban.

Sonaban risas que contagiaban a otras y otras que multiplicaban las primeras. Un trompo sin fin en donde la carcajada inicial daba pie a una cascada de musicalidad, a unas lágrimas bonitas llenas de ganas iguales al sí saber de veras lo que son las mariposas en la tripa.

Risas más que divertidas, pero… de repente… al buscar a Leire y no encontrarla entre todos, disimuladamente echar un vistazo a su cama y ver ésta vacía, comencé a marearme. Todo me daba vueltas…sudor, nauseas, palidez, taquicardia, frío…mucho frío…y se me nubló la vista.

Sólo recuerdo, antes de entrar en un sueño profundo, mi reflejo en el espejo, bajar la mirada ver el suelo lleno de piececitos chiquitos desenfocarse rápidamente y a lo lejos en la almohada una flor de pétalos enormes transparentes.

“Caminaba errante, extrañado por lo que me rodeaba.

Las carreteras estaban llenas de bolas pequeñas de colorines y por ellas circulaban sumergidas bicicletas con ruedines.

Las nubes estaban al alcance. Eran rosas y estaban tan cerca y eran tan espesas que las podías morder. Sabían a pez mantequilla con trufa, a barraquito, a aguacate con pimentón y lima o a helado de vainilla y menta, si y sólo si, las pillabas al pasar.

Sonaba música en el ambiente y olía a azahar y lavanda en una esquina y en la otra a hierba huerto y cilantro, sorprendiéndote siempre.

Había niños por todas partes. Por las calles adoquinadas de legos paseaban niños como niños y niños adolescentes, niños adultos y niños viejos. Niños y niñas. Vendedores niños, niños niños, policías niñas, tertulianos niños, mamas niñas y papas niños, médicos niñas, conductores niños, niñas niñas, niñas ancianas con niños y niños y niñas jugando al pilla pilla. Niñas y niños.

Y por todo esto fruncía el ceño, se me quedaba la boca de medio lado, los labios de piñón y la piel de gallina. Estaba extasiado, me gustaba lo que me rodeaba pero…éste…éste no era el mundo donde yo vivía.

Y es que en el mío hay prisas por vivir, cláxones, caras sin cafés y filtros grises y ocres.

En el mío uno esclaviza su andar por un camino aún sin labrar y se llora el ayer pensando que tiempos pasados siempre fueron mejores y que es mejor malo conocido que bueno por conocer.

Y entre tanto brote de cal y arena se me para delante una niña.

¿Leire? No me lo podía creer. El pijama blanco lo había cambiado por un traje con papagayos, pelícanos y flamencos bordados y unas botas arlequinadas. Su cabecita sin pelo ahora tenía una melena llena de rizos a lo afro de color castaño californiano. Seguía con su metro justito de estatura y con su enorme mirada de chispitas.

– ¡Leire!- le exclamé encandilado.

– No. Soy Samsara. – me respondió apresurada.

– ¿Samsara? – me extrañé.

– Sí, Samsara. ¿no me conoces?- preguntó dulce antes de proseguir- Soy la reina de todos los reinos, creadora de las manzanas de caramelo, de las gominalas y de los no cumpleaños. Soy la que inventó la cura de las heridas con un sana, sana y la que te regala los cinco minutos de más cuando te faltan cuatro. La que sabe pero más aprende, la que abraza, besa y la que quita los pellizcos para que sigas ensueño…la que habla con el helio de los globos y la que hace pompas con chicles de metro.- me explicó.

– Pues…perdone Samsara, y encantado de conocerla, su majestad- adulé con gracia- …pero es que…tengo una amiga que se llama Leire que es clavadita a ti. – seguía hablándole perplejo por el parecido.

– ¿Sabes dónde estás?- me decía dando giros sobre sí y saltando como si tuviese chinches en el faldón.

Y la verdad que no. No sabía dónde estaba pero bien grande debía ser el lugar al estar al frente una niña. Siempre creí que si las mujeres dominaran el mundo éste sería bonísimo pero aquí era mucho mejor: la que manda además de ser mujer es, niña.

– Pues no sé dónde estoy Samsara- respondí esperando impaciente su respuesta.

– Estás en Namuhla. La tierra sin fin, con horizontes infinitos, donde las probabilidades no existen porque siempre el azar juega a tu favor, donde se puede si se quiere, donde se viste mucho de verde y es que como dicen el refranero inventado: “Aquellos a los que el verde bien les sienta, bien guapos aparentan”. – ella seguía hablando.

– Estás en Namhula donde no se olvida el sonido del respirar, del olor a mar ni de lo bonito de la hoguera en las noches de lunares llena. Estás en un lugar mágico creado por los niños, esos que llevan dentro, los bebés, los niños, los adultos y los viejos. – sonreía al hablar.

– Namhula es el aura que existe en el ambiente de espíritus valientes- concluyó y siguió su camino. “

– ¡Despierta!- escuché a la par que me daban golpitos en la mejilla y me mojaban la nuca con agua helada.

– ¡Qué susto nos has dado! Anda, vete incorporándote despacito- María una de las enfermeras de la planta me ayudaba.

– María ¿dónde está Leire?. Acabo de tener un sueño muy extraño…

– Eloy. Leire se marchó ayer. Se fue sonriendo, sin dolor, en paz y te dejó un regalo. Esta flor de pétalos transparentes para que los pintaras con los colores que siempre traías en tu cara.

María me abrazó tan fuerte que se asfixiaron mis ganas de rabiar, de gritar. Una lágrima resbaló por mi cara blanca que calló sobre el regalo de Leire y que tiñó de color el pétalo que tocó. Y ahí comencé a entender mi sueño. Comencé a entender lo que era Namuhla.
Namuhla no era el lugar y ni siquiera era el tiempo.
Namuhla es el olvido de miedos y de rencores, es valentía, es ausencia de banalidades diarias donde predomina lo importante, lo sencillo, lo simple. Donde ganan los valores bonitos, los cimientos fuertes, el respeto, la lealtad, el buen humor, lo presente, la suerte por conocer almas que duran para siempre.
Y encima, como no, Namuhla, proyectada en niños. Quienes mejores que ellos para tatuarnos en la frente el sentido de la vida, como Samsara, como mi Leire o como todos aquellos niños que nos enseñan que no hay nada que perder si tu forma de ver la vida la haces a través del mundo en Namhula, a través de los ojos de mis niños de la planta de oncología del Hospital materno infantil, a través, de mis niños de la planta de Aloe Vera.
#hoynoperderé

Dedicado a unos superhéroes muy especiales: Eloy y su supermami Sara.

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Déjame olvidarte

Hoy no te voy a echar de menos. Déjame olvidarte.

Dile al que manda que no me haga tuyo, sólo por un día nada más. Vivo impregnándome de tu esencia desde que te conocí y no quiero, hoy, sentirte cerca.

Me enseñaste a ser fuerte con el corazón nada más, olvidando las hostias que solía dar.

Tus abrazos me elvolvían con papel de regalo y creabas cadenas de bienestar…yo me daba, ellos recibían, agradecidos empaquetaban otros con lazos rosas y así…sumaba y seguía.

Me enseñaste a amar con pan y cebolla sin importar las circunstancias.

Ser el amor perfecto en el momento equivocado según el sabio cantautor en el concierto de La Laguna. Ya me hubiera gustado verte levantándote protestón no compartiendo tan estúpida reflexión.

Se quiere o no se quiere- dirías impertérrito, contundente y seguro – porque si no es así, no es amor.

Me enseñaste el valor de la amistad al ver cómo le curabas las heridas a tu amigo.

Me enseñaste que la lealtad y la fidelidad no van en los catorce de febrero sino que se cultivan a fuego lento, tiento y risas adrede cada día.

Me enseñaste a luchar. Decías que aquèl que lo da todo no está obligado a más y se convierte en exitoso sin más.

Querer es el mejor motor para poder vencer, así es. Me hablabas de tu supervivencia con uvas en el Aaiún, de nuestros bocadillos de pan, aceite y sal en épocas de bajeza o del tener o no tener…¡qué más da!…si al final si quieres, sólo si quieres, lo podrás lograr.

Me enseñaste tanto por tan poco, queriendo sin querer, que necesito imperiosamente que sepas que soy gracias a ti y que estoy bien y espero no menos de ti allá donde esté. Pronto nos veremos pero hasta entonces…

…por favor dame tregua…

…hoy veinte de Febrero y pídele a tu jefe que me desprenda de ti, por un día nada más, y que me deje descansar porque de lo poco que se te pasó enseñarme…fue…el saberte olvidar.

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Ojalá no te hubiera conocido

¡Sal de mi mente ya!

¡Tu puta madre! ¡Te odio!

¡Déjame dormir…y…vivir!

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Puntos de vista

Un puntito brillante y pequeño en el cielo.

Un personaje cerca y grande en el suelo.
El sol inmenso lleno de fuerza y fuego.

Tú, un fisco chico embebido en el universo.

Perspectivas que cambian según el lugar de donde miras, el momento y el tiempo de los verbos.

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